De mi mente a la pantalla

jueves, 18 de octubre de 2012

Esperando a la mano de nieve

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El frío calaba mis huesos. Se colaba por las empuñaduras de mi empapada sudadera azul marino. Era un frío denso, triste, húmedo. Transmitía demasiadas sensaciones, demasiados recuerdos. Era un frío norteño y familiar, pero poco esperado. Y por si fuera poco no había venido solo. Se había traído a su más fiel compañera, la lluvia. Era ruidosa y agresiva. Cada gota era como una puñalada que se clavaba en mis sonrojadas mejillas. De poco me servía la capucha que tenía sobre la cabeza, pues llovía tanto que ésta también estaba empapada.
Frío y lluvia, dos elementos que juntos hicieron de aquella inusual tarde de verano la más triste de mi vida.
Y allí estaba yo, andando sola por la calle que llevaba a la estación de autobuses, con una sonrisa fingida en la cara y un montón de lágrimas que se confundían con los charcos.
-¿Para qué seguir tapándome bajo las cornisas?-Pensé. Entonces me quité la sudadera y me quedé inmóvil, en medio de la carretera, mirando al cielo mientras las gotas de lluvia limpiaban mi alma. Era de noche, y no había ningún coche en los alrededores. Entonces se creó una extraña atmósfera que me envolvió. Las luces naranjas de las farolas se reflejaban en el agua, dibujando siluetas y sombras; los gritos de los pájaros, refugiados en sus nidos, parecían oleadas de tristeza que retumbaban a lo largo de los callejones; la luna miraba expectante desde su refugio de nubarrones, como si estuviera esperando que pasara algo; los locales cerrados desprendían tranquilidad y anhelos de barullo... Entonces el mundo se enmudeció. Las voces de mi cabeza se callaron, los pájaros cesaron de cantar y las luces se apagaron. Todo daba vueltas a mi alrededor y, por un breve instante, sentí paz en mi interior.
Pero esa paz se fue pronto, tan pronto como dejó de llover. En ese momento la tristeza volvió a invadirme. Recogí mi sudadera, más mojada todavía que antes, y me la volví a poner. -Las lluvias de verano son raras- Dije en voz alta, aprovechando que no había nadie que me pudiera oír. -Son muy extrañas. En verano no debería llover. Tendría que estar prohibido. Si llueve, las flores no podrán crecer, porque el frío y el agua harán que se marchiten y se mueran. Y los pájaros no podrán volar ni sentirse libres. Nada debería privar a ningún ser vivo de su libertad...-
Cuántas veces había soñado con poder volar. Las mariposas y las golondrinas eran para mí los seres más afortunados del mundo. Tenían alas y eran seres bellos y pequeños, ajenos a las desgracias humanas. Volaban cuando querían y a donde querían, sin estar sujetos a leyes ni gobierno. Tenían lo que yo tanto necesitaba: libertad.
Comenzó a llover de nuevo, y cuando me quise dar cuenta ya estaba en la estación. Al ser de noche, el autobús paraba en la calle, por lo que tuve que mojarme un poco más. Aún quedaban quince minutos hasta que llegase y ya no quería seguir bajo la lluvia, por lo que decidí sentarme en frente de la parada, bajo el resquicio del ventanal de un bloque de pisos de cuatro alturas. Allí esperé un buen rato, más del esperado, escuchando canciones tristes con la mirada perdida. Entonces el autobús dobló la esquina. "Madrid-Torrelavega". Era el mío, sin duda alguna.
Permanecí sentada viendo como los pasajeros descendían los tres escalones del autobús. Era una escena triste. Todos bajaban, cogían sus maletas y se iban. Nadie los esperaba, nadie se preocupaba de que estuvieran bien, nadie les ayudaba con su equipaje.
Después de una larga cola de gente bajó el último pasajero. Viajaba tan solo con una pequeña maleta y un libro. No se iba a quedar mucho tiempo.
Salió despacio del vehículo, como siempre. La lluvia no le importaba. Se dirigió directamente a mí, posó sus cosas en el suelo y se sentó a mi lado.
Quise decirle algo, preguntarle por el viaje, por cómo se encontraba... Pero sólo pude abrazarle. Fui correspondida con otro abrazo, tan cálido que ya no sentía la húmeda sudadera sobre mi espalda.
-¿Por qué has tardado tanto?-Le dije. Entonces me miró, y nuestros labios hicieron el resto. No hicieron falta palabras ni gestos, porque nada sería capaz de describir aquel beso.
-Me marcho mañana, sólo he venido a por unas cosas.- Dijo, rompiendo aquel mágico momento.
-Entonces ven conmigo, seamos libres por una noche.
Y así sucedió, fuimos libres por una noche. No había ruido, ni frío, ni lluvia. Sólo nosotros dos.
Al día siguiente volvimos a la estación, una vez más prisioneros de la distancia. Antes de subir, me agarró de las manos y me dijo:
-Sólo hemos tenido una noche, pero ha sido nuestra.
Sonrió, me besó en la mejilla y se fue.
Entonces me coloqué la capucha, puse el reproductor de música en aleatorio y volví la vista atrás para no ver cómo se alejaba.
Sabía que en aquel momento se acababa mi felicidad. Sentí cómo las cadenas del destino pesaban nuevamente sobre mis tobillos, y mi último suspiro de libertad salió disparado de mi garganta para chocarse contra el autobús en forma de te quiero.
















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