De mi mente a la pantalla

lunes, 8 de febrero de 2016

la vida tras el cristal

Cómo empezar. Cómo narrar la historia de mi vida. Cómo contar un cuento cuyo final es incierto...

Como dijo una vez el Robe en una de sus canciones, ''para algunos, la vida es galopar un camino empedrado de horas, minutos y segundos.''
Para mi en cambio la vida es un misterio que se esconde tras los cristales de un autobús nocturno.
Con el paso del tiempo mis cervicales han aprendido a hablar el lenguaje de los incómodos asientos azules de terciopelo.
He escuchado cientos de historias de gente a la que ni si quiera he mirado a los ojos.
He visto diferentes manos sujetando un volante que siempre me lleva al mismo destino.
He reunido a oniria e insomnia en cada cabezada, y los he separado en cada mella en el asfalto.
He dejado mi vida en una cárcel con ruedas que se mueve hacia direcciones familiarmente dolorosas, viendo como mi mundo continúa girando sin mi.
Sólo soy una cifra, un billete más, una pausa para el cigarrillo a mitad de camino. Ya no soy una persona. Ya no soy yo.
A veces apoyo mi frente contra el cristal, muy fuerte, como tratando de que los rayos de sol me atraviesen de lado a lado la cabeza... pero nunca pasa nada. Ni si quiera puedo sentir el calor a través de esas horribles ventanas.
De vez en cuando pienso cómo sería mi vida si no tuviera que viajar tanto. ¿Más estable? ¿Menos caótica? ¿Menos dolorosa? Te mentiría si te dijera que no.
Ahora, después de conformar la persona que soy a base de viajes, me doy cuenta de lo mucho que he ganado perdiendo horas en un autobús.
Pero ya es tarde. Ahora que empiezo a apreciar las lecciones que me han sido impuestas en la vida, no tengo tiempo de abarcarlas con los brazos. Siento que se me escapan, que verdaderamente es ahora cuando empiezo a dejar de ser yo misma...
¿Qué está pasando? Hace solo unos minutos estaba reflexionando sobre mis viajes, y ahora todo está oscuro. Solo siento que algo está pasando rápido a mi alrededor, una especie de fiesta en la que se celebra un acontecimiento terriblemente bizarro. ¿Quién es toda esta gente? ¿Qué es ese extraño sonido? El sabor a hierro se filtra hasta mis oídos, retumbando como si alguien estuviera dando patadas a una vieja tubería de metal.
Con cada golpe de respiración me apago. Pero alguien se esfuerza por volver a encenderme la luz. Empiezo a sentirme más cómoda en la oscuridad, más apacible, más confiada.
Me habría gustado despedirme, pero por una vez en la vida me apetece ser egoísta. Quiero guardarme para mí esta reflexión, pero no sin antes advertir al mundo de algo:
''Tenéis que creer que en esta vida todo pasa por algo. Creerlo muy fuerte, de manera ciega y con total fe. Pero no dejéis todo a la suerte. Tenéis que agarrar al destino y decirle al oído: ESTOY AQUÍ''.


martes, 22 de septiembre de 2015

volver a empezar

Todo nuevo, todo blanco, todo claro.
Has evolucionado, o eso te dicen todos.
Vivir libre, sin horarios, sin ataduras.
Volar alto, lejos, veloz.
Creces. Maduras. O te marchitas, según como lo veas.
Entonces todo explota. Todo es dolor, todo son espinas, todo son cenizas.
Has perdido la ilusión que guardaste en todos aquellos lugares especiales, en todas aquellas personas.
Estas solo en la sola compañía de Soledad.
Aparece una mano que te arrastra hasta el fondo del pozo, con caricias frías, con ese frío del hielo que quema hasta la sangre.
¿Dónde quedaron todas las miradas que te alumbraban el camino para que no te perdieras?
Se han apagado, o tal vez estaban extintas desde el principio.
Luego llega la negación. La inmolación.
Tienes un roto, pero te falta un descosido.
El pecho late por encima de sus posibilidades.
Sin comerlo ni beberlo has perdido todo aquello que tenías.
Te encuentras saltando del precipicio, todo se vuelve borroso, cierras los ojos.
Cuando los abres te encuentras en una situación que reconoces: estás sentada otra vez al borde de la cama, con la mirada puesta en las anaranjadas luces, en las titubeantes hojas de los árboles mecidos por una suave brisa. Una agradable música de fondo, casi siempre de cantautores, que cantan al dolor y al amor. Entonces sonríes a pesar de haber puesto el máximo empeño en mantener el ceño fruncido.
¿Qué me pasa?
No me entiendo, no me quiero, no me soporto. Que horrible es pasar por esto otra vez.
Empiezo a pensar que no debí volar tan alto.
He perdido de vista todo aquello que tenía. Ahora se ve pequeño, diminuto, minúsculo.
El autoconvencimiento de que los vicios no son tan malos empieza dejar de tener el efecto placebo que antes solía tener.
Piensas tantas cosas que te quedas en blanco.
¿A caso esto le pasa a todos?
De repente no quieres alejarte de aquello que antes te cansaba, te aburría, te producía dolor.
Ya es tarde. El reloj ha seguido zarandeando sus manecillas mientras tú te quedabas callada. Y ahora no puedes volver atrás.
Ahora quieres gritar, pero nadie te escucha.
Te despiertas apoyada en el quicio de la ventana. Te secas las lágrimas. Te colocas el pelo mirándote en el minúsculo espejo de tu habitación y sonríes.
Nunca había estado tan guapa, de verdad.
¿Será narcisismo?
Tal vez sea que por primera vez en mucho tiempo te has encontrado al otro lado del espejo.
Abres la puerta de tu habitación y te sientes como Alicia, cayendo por un profundo pozo a toda velocidad hasta que caes en el País de las Maravillas.
Tras el intenso mareo te incorporas y das un paso hacia adelante.
Empezar de cero, como el ave fénix. Resurgir del dolor, de las espinas, de las cenizas.
Comprender, olvidar, renovar.
Ahora toca... volver a empezar.

viernes, 3 de abril de 2015

desde lo más profundo de mi ser

Ella tenía cicatrices. Besos en la piel. Mordiscos de tinta y sangre. Y no le importaba enseñarlas. Eran suyas. Partes de su vida.

 Durante mucho tiempo intentó librarse de ellas, camuflarlas. Le resultaba doloroso llevarlas consigo. Cada una de ellas era como un agujero negro que se llevaba una parte de ella, y eran muchas las que tenía.
Hasta que un día sucedió: se colapsó. Se llenó de vacío. Se convirtió en constelación, y en vez de estrellas la llenó de lágrimas. Después un silencio eterno en su cabeza, un zumbido continuado. Y un rayo de luz azulada iluminó las escaleras. Ascendió en silencio, con la mente en llamas, con cristales en los pies, con heridas en su piel, pero en silencio. Al llegar al final del camino, una voz: no estas sola...
Entonces abrió los ojos muy fuerte, como si una corriente eléctrica recorriera su espina dorsal en dirección a ninguna parte. Un fuerte dolor atravesó su pecho, justo por en medio de su pulmón derecho. Se sintió desvanecer. Pálida, fría, desnuda.
En aquel momento volvió a nacer. Solo que esta vez no había sangre, ni gritos, ni un montón de gente desconocida a su alrededor. Solo cicatrices.
Y decidió seguir hacia adelante...

domingo, 6 de julio de 2014

preludio de un pensamiento. Primera parte.

Volaba tan alto que hasta los rascacielos más altos se le antojaban tan diminutos como la casa de los 7 enanitos de Blancanieves. Era rápida, la más veloz de todas las criaturas de la tierra... y quien sabe si de algún otro lugar.

Le gustaba subir lo más alto que pudiera, sintiendo como la velocidad del aire rodeaba cada centímetro de su precioso cuerpo. Aunque el viento se le metiera en los ojos ella no podía cerrarlos. Le gustaba ver a las sorprendidas aves, estupefactas ante tan bellas acrobacias, aminorar su vuelo para poder contemplarla.

Sentía los rayos del sol filtrarse por todos y cada uno de los poros de su piel, inundándola de vida.
Una vez que se encontraba en lo más alto, se detenía; encorvaba su cuerpo hacia atrás con los brazos abiertos, como si estuviera dando la bienvenida a alguien que no estaba allí. Por unos instantes el mundo se movía tan rápido que ella se sentía girar a cámara lenta, y como si de un viraje se tratara descendía dejándose caer. Apenas unos instantes de cámara lenta daban paso al rápido descenso. ¿Cuánto tiempo tenía hasta poder frenar a tiempo para no estrellarse contra el suelo? No le importaba. Como si el tiempo no existiera en sus parámetros de lo que significa vivir, ni el tiempo ni el espacio, ni las cumbres ni los llanos, ni ríos, ni mares, ni lagos.... Nada.

Mientras descendía se sentía la persona más pequeña del mundo, y la más grande al mismo tiempo. Pensaba en salvar el mundo, en socorrer a aquellos que lo necesitaran con su ajustado traje. 
Aquel traje era... ¿cómo definirlo? Era suyo. Tenía una capa tan larga como sus largas piernas, las cuales estaban envueltas en unas mallas doradas. Por el día reflejaban la luz del sol de tal manera que los aviones que tenían la suerte (o más bien la desgracia) de cruzarse con ella se quedaban tan deslumbrados que tenían que mirar hacia otro lado, perdiendo el control del aparato durante el tiempo suficiente como para darles un buen susto a los pasajeros. A modo de traje tenía una vieja camiseta de alguno de esos grupos que nunca escuchó, tan rota que parecía estar roída por cualquier tipo de animal. Pero era perfecta.

Tenía una larga melena. No le gustaba llevarla recogida, porque sentía como su cabello se quejaba al no poder estar en libertad. Al fin y al cabo, si esos son sus ideales, ¿por qué no dejar libre a todo aquello que le pertenece? Tal vez ese es el único modo de lograr ser libre de verdad. Por eso mismo siembre llevaba el pelo suelto. A veces volaba y miraba de reojo las puntas de su melena. Veía como se entrelazaban, como jugaban entre ellas, las escuchaba reír. Se Sentía como Spirit, aquel caballo que indómito, corría por el mundo con  sus crines al viento.

Ya estaba más cerca del mundo. Lo que antes era una paleta de pintor, plagada de colores verdes, marrones, azules y blancos, ahora eran fronteras de tierra y agua. Veía países, veía mareas, incluso podía escuchar los sonidos del gran planeta azul. Estaba gritando fuerte, y aún así la gente de ahí abajo era incapaz de escucharlo. Eso la ponía furiosa.

Siguió descendiendo hasta que apenas unos centímetros separaban su puntiaguda -y ligeramente abultada- nariz de las verdes briznas de hierba que surgían del suelo. Entonces ocurrió...


Aquella mañana la joven V. se despertó sin saber que estaba a punto de descubrir algo que cambiaría su vida para siempre.

sábado, 2 de noviembre de 2013

oda al humo

Ligero, indeciso, volátil; tan dócil y tan purificante, pero a la vez tan mortal, tan tenaz, tan dañino... Las dos caras de la moneda que se juntan creando las más perfectas curvas de mujer.

Algunos te nombran, con gracia e ingenio, "cendal flotante de leve bruma". Y es cierto que te asimilas a un cendal, y que eres flotante; y es cierto también que tu bruma es leve y se posa, y se retuerce, y te cautiva; te invita a mirarla, muy de cerca, y te besa.

Deslizante te posas sobre el viento y bailas con él, dejando a merced de la nada tus etéreas líneas.

Indomables son tus riendas, pues cabalgas entre los mortales como si de tus crines brotase su propia libertad. Caballo descarriado, condenado por el mismo Cronos a surgir y desvanecerte, a nacer y morir al instante, a ser odiado por unos y anhelado por otros...

¡Tan corta es tu vida, pero tan bella! Los más necios te observan, desde lejos, y te juzgan, y te odian sin haberte apenas conocido. Pero no los demás, los observadores, los poetas, todos aquellos cuya razón de existir es crear cosas bellas; todos ellos te admiran.

Colapsas y abrumas ciudades enteras quedándote suspendido en el aire durante días tras salir de los cañones, llevándote contigo las almas de aquellos que, inocentes o no, perecieron en el intento o bien de vivir o bien de matar.
Pero también eres liberador, y ahuyentas con tu presencia a los malos espíritus y a los malos pensamientos.

Quienes te quieren, te buscan; quienes te odian, se manifiestan contra ti. Pero lo que ninguno de ellos sabe es que eres eterno. Que tienes el poder de crearlo todo y de destruirlo al mismo tiempo. Que cuando todo esto termine, y las guerras, el hambre y la pobreza no sean más que los reflejos de una vida que antes fue, será él quien quede para cubrirnos con su frío manto.

Lo que nadie sabe es que tú fuiste, eres y serás...


...siempre.

martes, 6 de agosto de 2013

happiness

En el fondo de una botella. En el reflejo de sus ojos en los tuyos. En un beso, o dos, o cuatro. En el acorde mal tocado de tu canción favorita en el último minuto de un concierto. En las grises gotas de agua que se derraman desde lo alto de tu ventana un domingo de noviembre. En la vida. En la muerte. En los vicios vacíos. En la sensación de terminar un examen, a pesar de no saber si te ha salido bien o mal. En un mensaje a las 3 de la mañana. En la primera vez que sales con tus amigos y tienes que volver a casa en la parte de atrás del coche de tus padres. En la sonrisa de alguien a quien acabas de hacer sonreír en un día triste. En el sol. En la lluvia. En el aire...
La felicidad no se busca, sino que es ella la que te encuentra a ti. En cada instante, en cada momento y en cualquier situación.
A veces está ahí, y no nos damos cuenta. Por eso necesitamos tener a alguien cerca para que nos ayude a ver que la tenemos al lado. Al fin y al cabo los humanos no somos más que animales y, como la gran parte de los animales, necesitamos vivir en manada, es decir, somos sociales por naturaleza.
Tal vez esto se deba a que no todos somos iguales, y tal vez sea eso lo que nos diferencia del resto de seres del reino animal.
(Creo que es necesario hacer un pequeño paréntesis aclaratorio para entender de que tipo de diferencia hablo.)
Bueno, después de este paréntesis estaréis pensando en gran cantidad de ejemplos. Los leones, por ejemplo. Viven juntos. Las leonas van a cazar mientras los leones se quedan en el campamento, y cuando el líder de la manada se hace viejo, el macho que le desafíe y gane se convertirá en el nuevo líder. O las cebras, que viven en grandes comunidades donde todos se mueven a la vez, todos descansan a la vez y donde se apoyan unos sobre otros para dormir con la función de que todos estén alerta por si se acerca algún peligro.
Sin embargo nosotros, los humanos, somos algo distintos. Si bien es cierto que también tenemos costumbres, como los ritos funerarios, las celebraciones tanto religiosas como laicas o vivir en familias, todos y cada uno de nosotros somos diferentes.
Algunos somos olvidadizos, otros inteligentes, otros serios, otros intuitivos, otros atentos...  Siempre llega un momento en que nos encontramos con esa persona que tiene todo lo que a nosotros nos falta, y a quien nosotros aportamos lo que a ésta le falta. Nuestra media naranja (Origen de la expresión "media naranja").
Cuánto bien hizo el irascible Zeus, hijo de Cronos y de Rhéa, el mayor de los doce olímpicos, en dividir a los humanos en dos, partiéndolos por la mitad con su rayo. Aunque en un principio su misión fuera la de castigar a la raza humana, hoy en día esa separación es el mayor regalo que las personas hemos podido recibir.
La oportunidad de vivir en busca de tu otra mitad, de aquel ser que entienda todo lo que tu no entiendes, que vea lo que tu no ves y que te acompañe en este viaje que es la vida. La oportunidad de vivir por y para la felicidad.

<<Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.>>

Pablo Neruda







viernes, 7 de junio de 2013

confesiones de un invierno quemado

Por si no había quedado suficientemente claro, empiezo a estar un poco DEMASIADO harta de esta situación. La gente es incapaz de asumir sus errores. No hacemos más que decir: "la culpa de todo la tienen los políticos". Y no, no estoy diciendo que no tengan culpa de nada. Pero lo que si estoy diciendo es que nosotros mismos hemos ayudado a que esta situación empeore.
¿A caso nadie se acuerda del boom de la compra de pisos? No fueron sólo los políticos los que se dedicaron a comprar pisos y a meterse en hipotecas que luego resultaron imposibles de pagar, provocando la explosión de la burbuja inmobiliaria (acontecimiento que comenzó en 1997 y estalló en 2007, sumergiendo a España en una gran deuda nacional de la que incluso hoy en día no ha logrado recuperarse del todo).
Y ese es tan sólo un ejemplo de todas las cagadas que la gente de este país ha llevado a cabo año tras año, era tras era. Esta crisis en la que nos encontramos no es más que la continuidad de la tradición española de sumirse en sus propios errores. Y el mayor problema de este país somos nosotros, la sociedad.
Tal vez hable la rabia, o la inmadurez de los 18, o la mente de una futura estudiante universitaria que teme no poder alcanzar la cima por culpa de una crisis que la gente de su país ha provocado, pero esta vez he querido escribir directamente lo que siento. Nada de metáforas, nada de eufemismos, nada de erotismo literario que excita los sentidos pero no transmite lo verdaderamente importante...

Si la letra no se entiende bien, pondré la foto en mi twitter ---> @VeronicaLCows  

lunes, 22 de abril de 2013

rompecabezas acabado

Voy a contaros algo de lo que tal vez no os hayáis dado cuenta. Al fin y al cabo, sois los únicos que hacéis un esfuerzo por entenderme. Aunque sólo sea por pura complicidad, o por tener la necesidad de no sentiros solos, o incluso por creer tener la misma vida que yo. Pero estáis ahí, e incluso algunos tenéis la valentía de volver a entrar y repetir.

A lo largo de nuestra vida vamos dejando huellas, marcas, vacíos, pequeñas piezas de un rompecabezas que nunca se termina de completar. Muchas de ellas se nos pierden, otras nos las roban, algunas incluso las dejamos tiradas.Y después está la gente como nosotros. Somos una raza especial, que pasa desapercibida entre los conocidos más cercanos y que es la gente que ni si quiera nos ha mirado a los ojos la que más nos conoce. Somos aquellos que estudiamos todas y cada una de las piezas del rompecabezas y que después, cuando hemos encontrado la pieza perfecta, la colocamos ahí donde todos puedan verla.

Para ello pensamos en personas, en sentimientos, en emociones. Y todo ello lo reflejamos en esa pieza. Cuando ya ha cogido forma, tamaño y color, la compartimos con el mundo para que aquellos que la necesiten puedan hacer el uso que crean conveniente de ella. Y si por algún casual hay alguien a quien no le ha servido, cogemos otra pieza en blanco y la volvemos a rellenar. Con distintas personas, distintos sentimientos, distintas emociones. O tal vez las mismas, pero colocadas desde otra perspectiva.

Jamás nos cansamos, aunque a veces nos hagan falta unas pequeñas vacaciones para volver a repartir nuestras piezas. Pero vosotros lo entendéis, porque si habéis cogido alguna de nuestras piezas, quiere decir que lleváis dentro un poco de nosotros. Sois capaces de sentir lo que nosotros sentimos y, a veces, incluso de entenderlo.

Todo esto está muy bien. Es algo que ya sabíais, supongo. Pero ya está bien de hablar siempre de nosotros, ¿no os parece? Porque al fin y al cabo todo esto no lo hacemos más que por vosotros (eso sí, sin dejar de lado que, a veces, nosotros también necesitamos desahogarnos y soltar todo lo que tenemos dentro por puro disfrute y necesidad personal). 

Lo que quiero decir es, que quiero daros a todos las gracias. Gracias por estar siempre ahí, por esperar impacientes para conocer un poco más de mi, por tratar de ayudarme, por quedaros con las piezas que os regalo y por cuidarlas tan bien.

Porque nosotros, esa raza especial, la gente que escribimos nuestro destino en una hoja de papel para no perder el norte, no seríamos nada sin vosotros. Sin esa gente que nos ayuda, que se nos une en el camino.
Gracias, muy sinceras gracias por ayudarnos a ser esa pequeña minoría capaz de cumplir sus sueños, de alcanzar la cima de lo más alto y tener las fuerzas suficientes para compartir esa felicidad con los demás.

Gracias por ayudarnos a completar nuestro rompecabezas.





martes, 5 de marzo de 2013

sociedad descivilizada

       Erase una vez una joven que pasó por un montón de dificultades, pero que con fuerza y valor logró salir adelante; una joven que llevaba tanto tiempo caminando que cuando se quiso dar cuenta estaba sola en mitad de la noche, y había olvidado su pánico a la oscuridad.; una joven que desde ese día juró no volver a tener miedo a nada....

       Así podría haber comenzado esta historia, pero no es así. En esta historia no hay un final feliz. No hay ningún príncipe que venga a salvar a su princesa de las garras de su malvada madrastra. En esta historia hay una protagonista, una joven, o tal vez un monton de ellas a la vez, pero que para hacerlo más sencillo llamaremos  Lauren.

       Lauren era una niña rosadita, con los pies pequeños y unos ojos azules como dos platos. Pesó 3'300 al nacer y tuvo que ser dada a luz por cesaria. Desde ese mismo momento se supo que iba a ser una chica complicada. No fue a la guardería, y hasta los 4 años no pudo empezar al colegio por culpa de una enfermedad pasajera.

       El primer día de clase estaba muy nerviosa. Se incorporó a mitad de curso, y todos los niños tenían ya su pequeño grupo de amigos. Ella nunca terminó de encajar en aquella clase, ni en ninguna.
Pasaron los años. La pequeña Lauren fue subiendo de curso con unas notas excelentes. Pero de repente llegó a 3º de la ESO. Ese fue el fatídico curso que llevó a nuestra princesa a las garras de su malvada madrastra.

       Esa madrastra se llamaba... pongamos que Daemon. Daemon representa a toda una clase, un ejército de pequeñas máquinas sin sentimientos que actúan en masa, destruyendo todo cuanto se opone a ellos. Cuando Lauren entró por la puerta aquel primer día de clase, Daemon arrojó contra ella una frase que la marcaría para todo el curso: "Una nueva oveja ha llegado a esta manada de lobos".
       A partir de ahí, todo fue de mal en peor. Todos los días Daemon se metía con la pequeña Lauren de una manera cruel y muy agresiva. Recibía día sí y día también un montón de reproches sobre su forma de vestir, su pelo, sus gafas, su mochila, su forma de hablar, y lo que más la dolía de todo: su peso.

       Daemon nunca tuvo la oportunidad de conocer su risa, su alegre voz cuando canta, sus preciosos lienzos, sus composiciones musicales, su gusto por las novelas de amor... No dejó que Lauren se mostrase tal como era, sino que la hizo parecer lo que en parte era: una indefensa oveja.

       Cuando ella pensaba en decir algo a sus padres o algún profesor, comenzaba a pensar en las represalias que su compañero podría tomar contra ella. Todos los días llegaba sola a casa, y todos los días lloraba a escondidas antes de entrar, para que en casa no vieran sus lágrimas. Nadie sabía lo que sucedía en el interior de aquella pobre muchacha. Nadie excepto Daemon.

       Entonces Lauren pareció caer enferma. Se pasaba las horas triste, vagando por su casa como si fuera un fantasma. Apenas comía nada y ya no salía de casa. Cuando sus padres le preguntaban, ella respondía con evasivas y sonreía diciendo: "no os preocupeis, me voy a poner bien".

       Comenzó a faltar a clase. Sólo iba a los exámenes, e incluso entonces, ahí estaba Daemon, constante en llevar a cabo su cometido de destrozar la vida de la joven, que cada vez estaba más y más delgada. Hasta que llegó un día en que Lauren no volvió más a clase.

       Nadie se preguntó dónde estaba ni qué había sido de ella; nadie se preocupó por llamar, por preguntar si estaba bien; nadie dejó de reírse, pues una nueva Lauren llegó a la clase y un nuevo objetivo entró a la manada de lobos...

       Lauren  no se había cambiado de colegio, no habia cambiado de ciudad ni se había ido del país. Lauren estaba en la cama de un hospital, viendo como sus padres lloraban por su pequeña. Nadie entendía por qué había llegado a esa situación una joven feliz, que no tenía problemas con nadie y con un don maravilloso para el arte.

       Sólo tardó un par de días en dejar libre la camilla para el próximo paciente. A la hora de celebrar la misa, sólo sus padres estuvieron allí. Fue una misa lúgubre, astía. Sólo dos almas en pena paseaban por el camposanto, llorando por la prematura muerte de su hija. Allí no había flores, ni sol, ni estrellas. Sólo había una oveja descarriada de su rebaño, que había sido aniquilada por una manada de lobos.

       Ahora el ciclo de la vida ha cambiado, y los que deberían ser depredadores se han convertido en presas fáciles para aquellos que, sólo por ser todos iguales y numerosos, arrasan con todo aquello que es diferente a ellos por miedo a ser rechazados. Espero que algún día esto cambie, y las personas aprendan a juzgar con sentido a los demás. Hata entonces, esta oveja se quedará en la sombra, rodeada de lobos, pero no dejará que se la coman.

viernes, 4 de enero de 2013

una tregua para el corazón

Tres minutos en el microondas bastaron para dejar las cosas claras y el chocolate espeso. Ella era tan joven y tenía tantas dudas... Tal vez demasiadas.
Le encantaba mirar por la ventana las frías noches de invierno sentada en el borde de la cama, sobre su vieja colcha de color verde con una marca de cigarrillo que llevaba tratando de esconder varios años. Aquella noche se había echado su manta favorita sobre los hombros y sujetaba una taza de chocolate recién calentado en una mano y un cigarrillo en la otra. Tal vez no debía asomarse a la ventana con tanto frío, tal vez no debía fumar mientras tomaba chocolate porque no disfrutaría tanto de su sabor, tal vez no debería si quiera fumar; pero tal vez no le importara demasiado.
Aquella noche no era como las demás. Una luz brillaba en el fondo de sus ojos, pero no era una chispa. Era más bien como una pequeña luciérnaga encerrada al final de un pozo del que no puede salir, pidiendo desesperadamente que alguien la saque de allí.
¿Que qué había cambiado? Bueno, en realidad el problema estaba en lo que no había cambiado: ella.
Siempre había pensado que tenía que defender sus ideales, su gusto musical, su estilo de vestir, su forma de pensar, pero sobre todo su forma de ser. Y por raro que parezca gracias a eso le fue bien. Había encontrado estabilidad, no vivía mal y tenía un grupo de amigos a los que poder contarles sus problemas (aunque esto ultimo nunca fue del todo verdad).
Pero cuando todo le iba bien apareció alguien, alguien que puso su mundo patas arriba. Al principio todo parecía ir bien, pero cuando se pasó la época del primer enamoramiento llegó el duro momento de abrir los ojos. Nada estaba bien, y todo aquello que creía correcto en realidad no podía estar haciéndolo peor.
Entonces llegaron los problemas, los gritos, los enfados, las dudas. Tantas cosas se le pasaron por la cabeza que se empeñó en aferrarse a lo único que tenía: su forma de ser.
Pero estaba dispuesta a romper con su norma y cambiar. No quería sacrificar lo que tenía por una pataleta de niña pequeña. Era hora de madurar. Cambió muchas cosas, y se sentía mucho mejor después de hacerlo. Volvió la época del enamoramiento y todo eran besos y caricias en las caderas por las noches, y caricias en las caderas y besos por las mañanas.
Entonces, ¿cuál era el problema? Que sólo había cambiado lo superficial, y ahora los problemas de verdad se habían agrandado hasta el punto de ser el centro de todo. Lloraba todos los días y todas las noches, ya no tomaba chocolate caliente y su sonrisa se había vuelto del revés.
Ya no salía de casa, ni se ponía tacones, ni sonreía. Se había convertido en aquella triste luciérnaga que se ahogaba en el pozo. Se pasaba todas las noches en vela escribiendo en su viejo diario sus problemas, pero siempre en tercera persona, para luego compadecerse de aquella "extraña" sufridora.
Hasta que un día decidió parar. Pensó que ya era hora de dejar de lamentarse. Llorar no iba a solucionar las cosas, y mucho menos autocompadecerse sin hacer nada por cambiar definitivamente.
Necesitaba un cambio en su vida, pero un cambio de verdad, una verdadera promesa, un compromiso firme:      necesitaba una tregua para el corazón.
Así que aquella noche volvió a calentar una taza de chocolate, se volvió a sentar en el borde de su cama, se volvió a encender un cigarrillo, y mientras miraba por la ventana cómo las gotas de lluvia se dejaban caer sobre las encendidas farolas del parque, se hizo una promesa: juró que a partir de aquella noche no volvería a dejar de lado a su sentido común.

jueves, 18 de octubre de 2012

Esperando a la mano de nieve

http://tqmradio.blogspot.com.es/2012/11/demimentealapantalla.html


El frío calaba mis huesos. Se colaba por las empuñaduras de mi empapada sudadera azul marino. Era un frío denso, triste, húmedo. Transmitía demasiadas sensaciones, demasiados recuerdos. Era un frío norteño y familiar, pero poco esperado. Y por si fuera poco no había venido solo. Se había traído a su más fiel compañera, la lluvia. Era ruidosa y agresiva. Cada gota era como una puñalada que se clavaba en mis sonrojadas mejillas. De poco me servía la capucha que tenía sobre la cabeza, pues llovía tanto que ésta también estaba empapada.
Frío y lluvia, dos elementos que juntos hicieron de aquella inusual tarde de verano la más triste de mi vida.
Y allí estaba yo, andando sola por la calle que llevaba a la estación de autobuses, con una sonrisa fingida en la cara y un montón de lágrimas que se confundían con los charcos.
-¿Para qué seguir tapándome bajo las cornisas?-Pensé. Entonces me quité la sudadera y me quedé inmóvil, en medio de la carretera, mirando al cielo mientras las gotas de lluvia limpiaban mi alma. Era de noche, y no había ningún coche en los alrededores. Entonces se creó una extraña atmósfera que me envolvió. Las luces naranjas de las farolas se reflejaban en el agua, dibujando siluetas y sombras; los gritos de los pájaros, refugiados en sus nidos, parecían oleadas de tristeza que retumbaban a lo largo de los callejones; la luna miraba expectante desde su refugio de nubarrones, como si estuviera esperando que pasara algo; los locales cerrados desprendían tranquilidad y anhelos de barullo... Entonces el mundo se enmudeció. Las voces de mi cabeza se callaron, los pájaros cesaron de cantar y las luces se apagaron. Todo daba vueltas a mi alrededor y, por un breve instante, sentí paz en mi interior.
Pero esa paz se fue pronto, tan pronto como dejó de llover. En ese momento la tristeza volvió a invadirme. Recogí mi sudadera, más mojada todavía que antes, y me la volví a poner. -Las lluvias de verano son raras- Dije en voz alta, aprovechando que no había nadie que me pudiera oír. -Son muy extrañas. En verano no debería llover. Tendría que estar prohibido. Si llueve, las flores no podrán crecer, porque el frío y el agua harán que se marchiten y se mueran. Y los pájaros no podrán volar ni sentirse libres. Nada debería privar a ningún ser vivo de su libertad...-
Cuántas veces había soñado con poder volar. Las mariposas y las golondrinas eran para mí los seres más afortunados del mundo. Tenían alas y eran seres bellos y pequeños, ajenos a las desgracias humanas. Volaban cuando querían y a donde querían, sin estar sujetos a leyes ni gobierno. Tenían lo que yo tanto necesitaba: libertad.
Comenzó a llover de nuevo, y cuando me quise dar cuenta ya estaba en la estación. Al ser de noche, el autobús paraba en la calle, por lo que tuve que mojarme un poco más. Aún quedaban quince minutos hasta que llegase y ya no quería seguir bajo la lluvia, por lo que decidí sentarme en frente de la parada, bajo el resquicio del ventanal de un bloque de pisos de cuatro alturas. Allí esperé un buen rato, más del esperado, escuchando canciones tristes con la mirada perdida. Entonces el autobús dobló la esquina. "Madrid-Torrelavega". Era el mío, sin duda alguna.
Permanecí sentada viendo como los pasajeros descendían los tres escalones del autobús. Era una escena triste. Todos bajaban, cogían sus maletas y se iban. Nadie los esperaba, nadie se preocupaba de que estuvieran bien, nadie les ayudaba con su equipaje.
Después de una larga cola de gente bajó el último pasajero. Viajaba tan solo con una pequeña maleta y un libro. No se iba a quedar mucho tiempo.
Salió despacio del vehículo, como siempre. La lluvia no le importaba. Se dirigió directamente a mí, posó sus cosas en el suelo y se sentó a mi lado.
Quise decirle algo, preguntarle por el viaje, por cómo se encontraba... Pero sólo pude abrazarle. Fui correspondida con otro abrazo, tan cálido que ya no sentía la húmeda sudadera sobre mi espalda.
-¿Por qué has tardado tanto?-Le dije. Entonces me miró, y nuestros labios hicieron el resto. No hicieron falta palabras ni gestos, porque nada sería capaz de describir aquel beso.
-Me marcho mañana, sólo he venido a por unas cosas.- Dijo, rompiendo aquel mágico momento.
-Entonces ven conmigo, seamos libres por una noche.
Y así sucedió, fuimos libres por una noche. No había ruido, ni frío, ni lluvia. Sólo nosotros dos.
Al día siguiente volvimos a la estación, una vez más prisioneros de la distancia. Antes de subir, me agarró de las manos y me dijo:
-Sólo hemos tenido una noche, pero ha sido nuestra.
Sonrió, me besó en la mejilla y se fue.
Entonces me coloqué la capucha, puse el reproductor de música en aleatorio y volví la vista atrás para no ver cómo se alejaba.
Sabía que en aquel momento se acababa mi felicidad. Sentí cómo las cadenas del destino pesaban nuevamente sobre mis tobillos, y mi último suspiro de libertad salió disparado de mi garganta para chocarse contra el autobús en forma de te quiero.
















jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo 3: Todo lo que no os dije

-Bueno, he intentado hacerlo por las buenas, pero está claro que os gustan los retos. Ya me habéis cabreado ¿sabéis? Llevo demasiado tiempo huyendo, ya es hora de hacer justicia; a mi, al tiempo que me habéis hecho perder y sobre todo a mi hermano.

¡¿Qué demonios estaba diciendo?! Cada vez tenía más claro que no saldría con vida de aquel callejón pero, ¿que podía hacer? Si mostraba debilidad sería peor todavía.
Empecé a pensar en mi familia, en todas las cosas que no había podido decirles. Les veía ahí, reflejados en los ojos que aquel grupo de matones de poca monta. Uno de ellos me recordaba mucho a mi padre. Era alto, algo encorvado y tenía el maquiavélico semblante de Edgar Allan Poe. En su vida me dedicó muy pocas palabras, y menos aún muestras de afecto. Pero una vez me dijo algo que nunca olvidaré. El (intro. fecha), segundo aniversario de la muerte de mi hermano, fuimos a verle al cementerio para colocar junto a su lápida un centro de flores. Transcurridos quince minutos mi padre se me acercó, me agarró suavemente por los hombros y me dijo:
-Cuida tus espaldas, pequeña. Hay cosas para las que estamos solos en esta vida...

Desde entonces su mirada se quedó vacía, muerta, inerte.
Mi madre fue la que siempre cuidó de mí tras lo sucedido, aunque siempre me dio la impresión de que mi hermano nunca la llegó a conocer realmente. Hasta el incidente, nos había cuidado la señora Bélatrix. Era una mujer dulce y cariñosa a la que quería como se quiere a una madre, y mi hermano la quería más incluso que a su propia vida.
Al acordarme de mi cuidadora quise echarme a llorar. Cuando era pequeña, Bélatrix siempre me daba una chocolatina para que cesara de llorar. Cuanto daría por tener una de esas chocolatinas ahora...
También recordé las discusiones. Yo siempre fui una chica tranquila, pero últimamente había desarrollado el carácter temperamental de un perro de peleas. Es triste que lo diga pero, a pesar de querer a mi hermano por encima de todo, las últimas palabras que le dije fueron:
-Si cruzas esa puerta no pienses en volver. Para mí ya no eres mi hermano. No significas nada para mi...
Cómo me arrepiento de aquellas palabras ahora que él ya no está para pedirle perdón.
¿Por qué nunca les dije que les quería?...

sábado, 18 de agosto de 2012

i'll be there


¿Qué le había pasado a mi pequeña de la sonrisa perfecta? Hacía tiempo que ya no era la misma. ¿Tal vez la había perdido para siempre? Ya no podía distinguirla entre la multitud. Se había convertido en lo que siempre había odiado, y había pasado delante de mis narices. Ahora era una más, una de esas adictas que por mucho que quieran desengancharse siempre vuelven a recaer. Prometen, prometen y prometen, pero al final nunca hacen nada para salir de su vicio...
¿En qué momento empieza a ser malo el amor? Todos sabemos lo que es el amor, y todos hemos estado enamorados al menos una vez en la vida. Unos son correspondidos y otros no, pero a todos nos gusta. Es algo que no se puede describir con palabras. Sólo se puede sentir. El primer amor, el primer abrazo, la primera vez, el primer "calla y bésame, tonto"... En ese momento empiezas a entender las canciones de amor, las películas románticas y los "para siempre".
Pero a veces ocurre algo; un fallo en el sistema, una anomalía en el gen del amor, una tilde colocada en un lugar que no le corresponde.
Hay veces que te enamoras, y te corresponden. Todo es maravilloso. Estás con la persona que siempre has querido. La que se cuela en tus sueños por las noches impidiéndote dormir. La que te rescató de entre los polvorientos escombros de tu roto corazón. El pegamento que necesitaba tu vida para estar en perfecta armonía. Entonces, ¿por qué no eres feliz? Algo va mal. Tal vez esa persona no es como se mostraba al principio, o al menos no como tú la veías.
Ahora ya no era la de antes. Había perdido su sonrisa, la que le sentaba tan bien pusiera como se la pusiera. Se había convertido en una triste y conformista muñeca de porcelana, que se caía a pedazos a medida que pasaban los días. ¿Y qué podía hacer yo para evitarlo? Nada, absolutamente nada. Sólo había una cosa que podía hacer, no para solucionarlo sino para hacerla sentir un poco mejor.
Estar ahí, junto a ella. Y estaba totalmente dispuesta a hacerlo, porque a pesar de todo yo la seguiría queriendo. Estaba dispuesta a sujetarle el pelo cada vez que quisiera beber para olvidar, a abrazarla fuerte por la espalda cuando estuviera a punto de caer por el precipicio, a ofrecerle un hombro firme donde llorar y un par de oídos para desahogar sus penas. Y esto será siempre así, porque aunque ella no quiera yo siempre estaré a su lado, protegiendo a mi pequeña de la sonrisa perfecta.




















domingo, 29 de julio de 2012

prometo

Prometo acompañarte al fin del mundo, prometo no quererte demasiado. Prometo estar siempre a tu lado, y disfrutar cada segundo.
Prometo seguir mis ideales, incautos, convirtiéndolos en acordes que resuenen a través de los tiempos.
Prometo disfrutar de los sutiles reflejos, de las formas y figuras atrapadas en los espejos.
Prometo dejar de prometerte... tonterías.
Prometo contar nuestra historia, nunca decir la verdad. Prometo recordarte con asertividad, ser un ave migratoria que siembra en su camino retazos de brevedad.
Prometo salir y beber, prometo irte a recoger, quererte hasta morir.
Y podría prometerte eso y mucho más, al igual que puedo prometerte que no será verdad.
Pero sí hay una cosa que te puedo prometer y que prometo, con la seguridad de que se cumplirá...
Algún día me casaré contigo.

viernes, 20 de julio de 2012

a second chance to change the world



Un cine, dos asientos, unas palomitas para dos y toda una tarde por delante. La gran pantalla nos alumbraba en aquella sala casi vacía, como si la película nos estuviera viendo a nosotros y no al revés. Nuestras manos se encontraban cada dos por tres en el cubo de las palomitas. Notaba sus dedos llenos de sal resbalando entre los míos. Casi al final de la película levantó el reposabrazos y vimos el triste final abrazados. Contemplamos la trágica muerte de Edgar Allan Poe, sólo y delirante en aquel banco de Baltimore. Había caído en una de sus historias rocambolescas, en un sueño dentro de su propio sueño. En la última escena se me puso la piel de gallina y mis ojos, brillantes y emocionados, estuvieron a punto de dejar caer una lágrima.
Una tarde de cine, aparentemente nada distinta de cualquier otra.
Pero entonces ocurrió algo, algo inexplicable y que, tal vez, sólo ocurriese en mi imaginación. Cuando salimos del cine ya era la hora de marchar. El último tren a casa estaba a punto de salir, y si lo perdíamos tendríamos que volver andando. Cuando el transporte llegó a nuestra parada estaba lleno de gente. Entramos, un poco apretados, rodeados de gente que venía de paradas distintas. Unos subían, otros bajaban
y otros nos quedábamos en el sitio.
En ese momento algo cambió. Las luces se volvieron oscuras y tenues. En el exterior sólo se veían destellos naranjas en medio de la oscuridad, y un foco que parecía provenir de ninguna parte nos enfocó de pleno. De repente las miradas atentas del resto de pasajeros se transformaron en estrellas, y yo creí estar flotando en la inmensidad del cosmos.
Él era Marte y yo Venus, y nada se interponía entre nosotros. Nos miramos, nos amamos, y entre los dos saltaron chispas que formaron espirales y constelaciones. Andrómeda, Centauro, Erídano, Octante... Incluso la Vía Láctea se quedaba pequeña en comparación con aquel momento. Entonces el tren dio un pequeño tambaleo, y me abalancé sobre él. Nuestros labios se buscaron en la oscuridad, y con el primer beso tembló el universo. Con el segundo se apagaron las luces, las estrellas y los destellos naranjas; y por último, con el tercer beso, todo se quedó blanco, silencioso, tranquilo. Era el vacío. Sólo se escuchaba el sonido de dos corazones latiendo al unísono y el roce de nuestros labios, que eran incapaces de separarse.
Ahora lo entiendo todo. El Big Bang, la fragmentación de Pangea, los grandes meteoritos... Cada vez que dos personas que se quieren de verdad se encuentran en el momento y lugar adecuados, algo grande sucede. Aquella noche ocurrió. En el momento en que nuestros labios se encontraron se acabó el mundo. Los problemas, las preocupaciones y los conflictos de todo el mundo desaparecieron. Se consumieron como la colilla de un cigarrillo en los labios de un adolescente.
¿Volverá a suceder algo como esto? No lo se, pero estoy dispuesta a seguir intentándolo, a tu lado.























miércoles, 16 de mayo de 2012

la melodía de Astaroth

Un puñado de líneas infinitas, unos cuantos sostenidos adornando, algún becuadro para contrastar y una preciosa clave de do presidiendo la partitura...
Hacía ya tiempo que se había vuelto loco por completo. Había dejado de lado su trabajo y abandonado a su familia. Sólo vivía por y para la música. Vivía enclaustrado en su buhardilla de 165 metros cuadrados, rodeado de basura y papel de partituras. Se había vuelto huraño e irascible. La barba le había crecido tanto que ya no podía quitársela con la cuchilla, pero no le importaba, le ayudaba a pensar. No era muy alto, más bien de estatura normal, pero era tan delgado que las costillas se le marcaban a través de la ropa, y ni siquiera un cinturón era capaz de sujetar sus pantalones. Tenía dos enormes ojeras bajo los ojos, de color amarillento, que se confundían con el tono cirrótico de su piel. Además, se veían acentuadas por dos lentes de gran aumento, sujetadas por una montura negra de charol comúnmente conocida como "gafapasta". Sus ojos eran de un tono azul eléctrico, llenos de furia y pasión. Se hundían bajo su frente, pero lucían grandes y hermosos vistos a través de sus gafas. Cuando sonreía, dos pequeños hoyuelos se creaban en sus mejillas sonrosadas, y tenía un surco en mitad del mentón. Ciertamente se parecía a Jim Carrey en la película "los tres chiflados".
Estaba a punto de acabar su gran obra. Era maravillosa, la mejor que había escrito y que escribiría jamás. Tenía una melodía melancólica y desenfrenada, que comenzaba de manera rotunda y sonora y terminaba más rotunda y sonora todavía. Las notas parecían bailar sobre el pentagrama, dibujando escaleras imposibles, subidas y bajadas vertiginosas y bruscos cambios de tono. Los bemoles bailaban tangos con las corcheas, mientras que las blancas, negras y semifusas se decantaban por un fox trot. Los silencios eran tímidos, y apenas salían a bailar un vals, pero las semicorcheas se atrevían con un cha cha cha.
No tenía ningún fallo, era perfecta de principio a fin. Sólo le faltaba una cosa, aparentemente mínima pero notablemente esencial. Le faltaba la letra. Tenía una melodía perfecta, pero estaba vacía sin una letra letra que expresase lo que significaba. Llevaba tabajando en la letra durante sus últimos 5 años, y le estaba llevando a la locura. La escribía y la borraba una y otra vez. La papelera estaba desbordada de papeles arrugados y bolígrafos destintados.
Sus musas le habían abandonado. Levaban toda su vida con él, y en el momento en que más las necesitaba se habían marchado, silenciosas, sin decir nada, como un ave fénix que se convierte en cenizas de la noche a la mañana cuando llega su hora. Estaba desesperado. Sería capaz de hacer cualquier cosa por encontrar la inspiración necesaria para acabar su obra.
En una de sus numerosas noches de desesperación, alguien escuchó las plegarias del maltrecho compositor. Se cruzó en su camino de plena casualidad, pero cambiaría su destino para siempre.
Era una mujer alta, morena, con una preciosa melena de color rojo fuego y una sonrisa del marfil más puro que había visto jamás. No sabía cómo ni por qué, pero acabó dejandola pasar en su casa.
De repente su vida se iluminó. Sus ojos se clavaron en él, y las letras parecían flotar entre los dos cuerpos, que permanecían inmóviles uno frente a otro. Era su musa, había aparecido en el momento en que más lo necesitaba. Se sentó a escribir, y esa letra por la que había estado enloqueciendo comenzó a fluir como por arte de mágia. Estaba extasiado. Sus ojos brillaban nuevamente de alegría. Pero cuando estaba a punto de terminar, el bolígrafo se cayó de su mano. Su inpiración se había marchado de nuevo, y ahora estaba peor que al principio. No le quedaba casi nada, tan sólo un par de frases por poner y su obra maestra estaría terminada.
Entonces ella se acercó sigilosamente por su espalda, y de una manera muy sugerente le susurró al oído:
-¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por acabar tu obra?
-¡Vendería mi alma al mismo diablo si hiciera falta!- Dijo con tono burlesco. Él no lo decía en serio, pero la misteriosa mujer lo tomó como tal. Un vacío enorme le atravesó el pecho de lado a lado. Se cayó de bruces contra el suelo y perdió el conocimiento. Cuando se despertó se encontró trajeado, rodeado de toda su familia y sus amigos. Estaba en un funeral y se sentía muy confuso. Cuando se asomó para ver por quien estaban llorando se quedó sin palabras. El cuerpo que se encontraba en esa caja de pino era el suyo. ¿Qué le había pasado? Esa mujer estaba allí. Le miraba y se reía. Entonces, el cura dejó de hablar y comenzó a sonar una hermosa música.
Era ella, su canción, por la que tanto había trabajado y la que le había costado la vida. ¿Había servido de algo todo el esfuerzo, abandonar a su familia, olvidarse de vivir...? Todo el mundo conocería ahora su canción, la canción interminada, la mejor obra jamás escrita. Todo el mundo excepto él. Su oda a la vida ahora se había convertido en una elegía, una balada triste que contenía el pasado, el presente y el futuro de un espíritu herrante, de un alma sin cuerpo, de un fantasma sin su máquina.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjIDFbQpkQRrT_y2i8srmoUA4_U0brZ82MpeARyBmia3_ihJAVB7WDmGjJtYyJv9mRDTlFwvENE7bJ1Ba8BGtA4WcQ6Hovaeib1eUqmmVCnjO5pkaxKFXB0TikGIGZXafMjUNq7D6aufOnL/s1600/notasmusicales.jpg

jueves, 10 de mayo de 2012

look at live


El mundo tiene maravillas extraordinarias que ofrecernos. Sólo tenemos que dejar de mirar para comenzar a observar.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Silenciosa como una sombra, ligera como una pluma, rápida como una serpiente.
Arya Stark (Game of thrones)

domingo, 6 de mayo de 2012

qué más se puede decir

El día de la madre. Un día en el que agradecemos a las madres del mundo lo buenas que son, lo bien que han criado a sus hijos, lo guapas que están, la paciencia que tienen y lo bien que están llevando la crisis de los 40.
¿No creéis que todo esto deberíamos decírselo todos los días? Y aunque se que yo no lo hago muy a menudo, quiero decirte un par de cosillas, mamá.
Mamá... ¿no te suena bien? Aunque en mi vida tú has sido mucho más que una madre. Has sido una amiga, una cómplice, un bastón sobre el que apoyarme en los momentos difíciles, y cómo no ¡una excelente cocinera!
Has sufrido mucho para sacar adelante a tu familia, pero siempre has sabido cómo salir del apuro, manteniendo la alegría hasta en los momentos más duros. Has ayudado a los tuyos y a los que te rodean, como buena hija, madre, hermana, tía y cuñada que eres. Si tuviera que describirte con una palabra sería... ¡Qué narices! Es imposible describirte con tan sólo una palabra.
17 años de desesperación teniendo que llevarme por el buen camino. ¿Cuál es tu secreto? Siempre has sabido que decirme, y a pesar de que rechiste y me enfade, los castigos han servido para algo (¡aunque a veces te has pasado un poco eh!).
Gracias a ti, soy como soy. Tú me has enseñado a ser una buena persona, educada y alegre como tú, y no hay día que no de gracias por ello.
Tiempo atrás dijo un novelista francés que jamás en la vida encontraréis ternura mejor, más profunda, más desinteresada ni verdadera que la de vuestra madre. Pero lo que no dijo ese novelista es que toda esa ternura sincera y desinteresada se transmite de madres a hijos.
Espero poder ser algún día una madre como tú, y poder hablarles a mis hijos de lo buena madre que eres. Me encantaría que estuvieras conmigo entonces, apoyándome, aconsejándome y malcriando a mis hijos, como toda buena abuela.
Y para terminar, y citando nuevamente a un escritor:
" Madres, en vuestras manos tenéis la salvación del mundo".
León Tolstoi.. Escritor ruso.


Te quiero mucho mamá, y siempre te querré. Nunca lo olvides.









domingo, 29 de abril de 2012

the bullets of love

- ¡Rápido, abran paso! ¡Aquí no tienen nada que ver!
+ Por favor, quédense detrás de la cinta amarilla, esto va a ponerse muy feo.

* Atención a todas las unidades, necesitamos refuerzos. Repito, NECESITAMOS REFUERZOS* Sonó a través de la radio control del coche de policía número 3.

¿Qué había pasado? Yo sólo había sacado a pasear a mi corazón, y cuando vuelvo a casa me encuentro con este panorama. Policías por todas partes, un montón de gente haciendo corro al rededor y una orda de reporteros asediando mi puerta. ¡No entendía nada!
Agarré mi corazón y lo guardé detrás de mi pulmón izquierdo, tras las costillas, por si me registraban, y me dispuse a entrar.
+No se acerque, señorita, no puede pasar. Es muy peligroso.
- Pero esta es mi casa -Dije.- Tengo que entrar. ¿Qué es lo que ha pasado?

Nadie me decía nada, y yo cada vez estaba más confusa. ¿Qué podría haber pasado? Tal vez olvidé apagar el gas y mi casa estaba en llamas. Pero no había ningún coche de bomberos. A lo mejor habían entrado a robar. Pero entonces no se habrían enterado tan rápido, porque vivo sola. Los nervios invadieron todo mi cuerpo, y sentí el impulso de entrar dentro. Tenía que saber de una vez por todas qué demonios estaba pasando. Aproveché un altercado entre dos reporteros de televisión y me colé entre los policías. Cuando quisieron detenerme ya era tarde, había entrado.

-¿Que haces aquí?
+ Sólo quería verte, no aguantaba más.

Noté como la sangre dejó de correr por mis venas. Me quedé fría, casi muerta, y me senté en el borde del sofá.

- Ya sabes que tienes la entrada prohibida en esta casa, ¿no te quedó claro la última vez? Largo. Vete, vete y no vuelvas.
+ Espera un momento, por favor. Tengo algo muy importante que decirte.

No, sin duda no estaba dispuesta a escucharle. Ya me había hecho mucho daño, y no iba a darle una segunda oportunidad. Debió pensárselo mejor antes de irse sin contestar a mi pregunta y desaparecer por completo de mi vida.

+ Entiéndeme. Estaba asustado e indeciso. Y tú, lo tenías tan claro todo.... que... me asusté.
-¿Y te crees que eso te sirve de escusa? Podrías haberme dicho algo, lo que fuera. Pero irte sin decir nada... fue lo peor que podrías haber hecho. Ahora vete de aquí antes de que haga alguna tontería.

Se puso de pie y me levantó del sofá agarrándome de las muñecas. Yo estaba temblando, a punto de romper a llorar. Pero no quería hacerlo, tenía que parecer fuerte a pesar de estar derrumbándome por dentro como una casa vieja y deshabitada. Y fue entonces cuando lo dijo.
Me miró a los ojos, y de sus labios salió disparado un "te quiero" que impactó de lleno contra mi corazón, atravesándolo de lado a lado...

*Atención central. Necesitamos una ambulancia. Dense prisa, está perdiendo mucha sangre...*




















domingo, 15 de abril de 2012

BIpolaridad

Café con canela, zumo de naranja recién exprimido y una decisión importante que tomar. Sí, definitivamente ese iba a ser un día... ¿cómo definirlo? Raro, dejémoslo en raro.
Tenía amigos, familia, a su pequeño gato callejero y cómo no, le tenía a él. Era un chico maravilloso, con el que había compartido cosas buenas y malas. Él la cuidaba mucho, pero últimamente tenían problemas. Una mala racha tal vez, pero mala al fin y al cabo.
 Ella sabía que no estaba sola, claro que no lo estaba. Pero todas las mañanas se despertaba así, sola. Sola y vacía, como una flor de invernadero a la que separan de las demás para venderla. Se toma su desayuno y se cuelga al cuello un cartel de SE VENDE de color naranja con unas letras negras bien grandes, para que todo el mundo lo vea. Dibuja una sonrisa en un pedazo de papel y coloca al lado un espejo. Practica mucho, no para hasta que no consigue una sonrisa exactamente igual a la del papel. Todo el mundo sabe que para vender algo lo más importante es la presencia, una buena presencia. Nadie compraría algo defectuoso, y si dejaba correr las lágrimas por su cara, tarde o temprano se acabaria deteriorando. Envejecería rápido y se quedaría en el estante de objetos rebajados de precio y, a pesar de venderse, no quiere hacerlo por menos de lo que vale.
Así era su vida, rutinaria y predecible. Ella confiaba en que algún día alguien la comprase y la llevase lejos de allí. Pero llegaba la noche y ella seguía allí, en su precioso escaparate decorado con ilusión, calor humano y un montón de esperanza y sueños por cumplir.
Después de pasarse toda la vida expuesta ante cotillas y mirones, unos cuantos posibles compradores y gente que simplemente pasa por ahí, decide cogerse el día libre. Coloca un maniquí en su lugar y sale a disfrutar del excitante mundo de la noche. De todos modos nadie notaría la diferencia.
Toma una copa, y otra, y otra más, y después de pasarse la noche bailando en discotecas y bebiendo, se retira a la terraza de  un pequeño bar situado a las afueras. Era muy tarde y hacía frío, pero queria estar fuera, sentirse libre. Para estar sentada y encerrada entre cuatro paredes con cristales, se habría quedado en su escaparate. Una vez allí se pide una cerveza.
El local estaba abarrotado, a pesar de la hora, por lo que tardaron en traerle la consumición. Quince minutos después, el camarero trajo el pedido y lo dejó en la mesa.
La botella era alta y tenía unas curvas perfectas. Llovía, y sobre ella caían un montón de pequeñas partículas de agua, que se depositaban sutilmente sobre cada uno de sus rasgos. Brillaba resplandeciente con la luz de las farolas y sus ojos eran azules, más parecidos a la espuma del mar que a la de la cerbeza. Su pelo era de un color oscuro, pero no llegaba a ser una guinness. Sí, la que se había sentado a su lado en la terraza de aquel bar era una cerbeza tostada, una preciosidad llegada desde Bélgica.
No la conocía de nada pero la dejó sentarse. Aquella joven parecía triste. Tenía el maquillaje corrido y se notaba que no era por la lluvia, porque tambien tenía los ojos enramados y algo rojos. Ella sabía que no quería hablar, se le notaba en la mirada, por lo que prefirió besarla. Horas más tarde, y debido en parte al exceso de alcohol, acabaron las dos en su cama haciendo el amor.
A la mañana siguiente esa chica seguía ahí, dormida, con una cara angelical y sobretodo feliz. Estaba pensando en despertarla y decirla que se fuese, pero en lugar de eso cogió el cartel de SE VENDE y lo rompió en mil pedazos.
Ya había tomado una decisión, había encontrado el comprador definitivo. Pero ella ya tenía un comprador, ¿no? Bueno, digamos que él sólo la tenía en alquiler. No era algo definitivo, no al cien por cien, al menos para ella.
Despertó a la chica con un beso en la frente y un suculento desayuno: café con canela, zumo de naranja recién exprimido y esta vez, una sonrisa de verdad. Le dijo que tenía que salir a hacer una cosa, que esperase en su casa, y ella aceptó.
Estaba dispuesta a dejarle, lo tenía claro. Le llamó y le dijo que se dirigía hacia su casa. Por el camino repasaba una y otra vez cómo se lo iba a decir. Pero entonces llegó a su casa. Caminó por ese pasillo por el que tantas veces había pasado y entró en su habitación. En ese instante no pudo contener su sonrisa, y rompió a llorar. -¿Qué nos ha pasado?- dijo, con la voz temblorosa. Él le respondió: -No lo se... Pero yo te querré siempre.
Estaba dispuesto a escucharla, no quería besos ni falsas sonrisas, solo solucionar sus problemas. Pasaron toda la noche hablando, recapacitando sobre lo que les estaba pasando e intentando buscar soluciones. Él no quería que ella estuviera triste, porque le contagiaría su tristeza y no podría ayudarla.
Entonces lo vio claro. Ella no necesitaba a una chica misteriosa que le aportase felicidad por una noche. Ella necesitaba a alguien que le apoyase, que le escuchase y que estubiese día tras día y noche tras noche con ella.
Se quedaron dormidos, y a la mañana siguiente él apareció con un tazón lleno de helado y la despertó diciendo: buenos días princesa.
Y en vez de decirle adiós, ella le dijo: te quiero mucho. No me dejes nucna, por favor.
Llamó a la chica que estaba en su casa y se despidió de ella.

Era su decisión definitiva. No quería estar con alguien que la comprase por su apariencia. Quería estar con alguien que la comprase a pesar de todo, a pesar de estar desgastada y envejecida, a pesar de estar en el trastero, llena de polvo, con más rebajas que un par de zapatos viejos fuera de temporada.
Quería estar con él.